
El concepto. “El punto de partida es mi interés por explorar el límite entre realidad y ficción; público espectador y obra; público y artista. Generar un espacio que le permita al público tener experiencias individuales. A diferencia de aquellos espectáculos en que el público está sentado observando, en que la única conexión es visual y auditiva, en este caso, como el público tiene que transitar, se involucra corporalmente. Esto le da a la experiencia la calidad personal”.
Reality. “El fenómeno del reality show me parece muy interesante pero no tiene relación directa con mi planteo. Más allá de que lo que se ve en el reality, en gran parte, es ficción, mi punto de partida es la ficción. Los actores se involucran desde el personaje; el público capta que la historia es ficcional, que no están presenciando las vidas de esos actores”.
Dramaturgia. “No manejo la dramaturgia de manera tradicional porque la historia en este caso, no es lineal, que va de A a B. Hay una historia general y varias individuales. En el taller estoy haciendo improvisaciones y dando lineamientos. A partir de lo que observo, detecto los posibles personajes. Así se arma una imagen sobre los roles”. Lo mismo ocurre con el espacio. La estructura se arma recién cuando conoce el espacio. La historia toma forma física.
Comunicación. “Hay tantas reacciones como se pueda imaginar. Generalmente, el público reacciona bien, está abierto a la experiencia. Alguna gente se involucra tanto que cuando vuelve, trae flores, comidas; trata de ayudar. Pueden involucrarse emocionalmente. No se enojan”.
Fortuna. Signa eligió las ruedas de la Fortuna porque le parecen bellas, visualmente. “Es un referente de la cultura pop y lo que está sucediendo con respecto a tantos juegos actuales. La performance es una visión satírica de esta realidad, una visión crítica de las estructuras de poder y de los diferentes arquetipos de la sociedad; también, sobre cómo los medios masivos toman esos arquetipos para generar nuevas combinaciones. En definitiva, siempre se trata de estructuras de poder”.
Instalación. Signa Sorensen prepara espacios para ser habitados tanto por los performers como por el público. La idea fue creciendo y abarcando otros ámbitos; la llevó a explorar el trabajo con los actores, la comunicación con ellos porque no tiene formación actoral.
Historia. Signa Sorensen comenzó a trabajar en este concepto en 2001; desde entonces ha realizado 13 producciones. No tiene un grupo estable, trabaja con su esposo y diferentes actores, según el proyecto y el país donde realiza las performances. Signa estudió en la Escuela de Bellas Artes. Ahí se interesó por la instalación. “Me quedaba una sensación de insatisfacción. El público iba pero no faltaba algo: el público la miraba y eso era todo”, comenta. En ese mismo período, Signa trabajaba como bailarina en club nocturno. Empezó a experimentar la relación con la gente. “Mejor me relacionaba y más dinero ganaba. Entonces me hizo ‘click’ la cabeza y vi que sería bueno combinar la instalación y la relación con el público. Entonces comencé a montar una instalación para ser habitada”.

Cada uno de los relojes antiguos que pueblan las mesitas de luz y las cómodas en las habitaciones del Hospital Español marcan una hora diferente. Es la certeza de que el tiempo es también una ficción. Esos relojes que hacen descansar al tiempo son apenas algunos de los muchos y variados objetos y utensilios que se exhiben, como en altares, en la obra 57 beds: son también algunas de las señales del desconcierto que definió el inicio de las 100 horas de teatro ambiental que estarán corriendo hasta el viernes a la medianoche, y que se puede visitar en cualquier momento para ver cómo sigue el juego.
Muchos de los códigos teatrales están tergiversados en esta puesta de la directora danesa Signa Sorensen. Desde el ingreso al hospital (en un sector que está en desuso del viejo edificio del hospital), los movimientos del público están pautados por enfermeras que dictan órdenes de una manera que roza el autoritarismo. Está claro que se deben respetar las consignas para entrar a este juego. Ya adentro, la rueda de la fortuna es la acción principal, la que guía los acontecimientos. Después, cuando se atraviesa el pasillo del silencio, la performance teatral se diluye en otras acciones.
Por las habitaciones
Los actores han tomado distintas habitaciones y han comenzado a vivir la vida de sus personajes internados. La Diosa tiene su cuarto sagrado que se parece, como la rueda de la fortuna (donde están los game masters) a un altar. Está lleno de estampitas, y no faltan las fotos personales. En las primeras horas de 57 beds, la Diosa repartió consejos y fue muy consultada. Los otros se desenvolvían con naturalidad, recorriendo las habitaciones, el baño, la cocina. Incluso un par de adolescentes del público ayudaba a uno de ellos a realizar una salsa.
El público, que desde el arranque estuvo ingresando constantemente, se distribuyó por este recorrido, al principio con timidez, luego ganando confianza. Lo cierto es que las historias estaban ahí, en ramillete, al alcance de la mano. Esperando en cada rincón, dentro de cada cajón, en los roperos viejos, en el entorno recreado que acompaña las camas: cepillos de dientes en sus vasos, vestidos, máscaras, zapatos, como los que la “princesa enferma” (el rol que le tocó jugar a uno de los personajes) dejó desparramados, mientras pedía a los asistente un “par número 40”.
El público podrá seguir el juego de 57 beds y descubrir en cada historia la suya, o construir otras a partir de sus recuerdos, de su experiencia.

Una cama/57 camas
A las 15.30, la siesta cordobesa se impone pero, no lejos del centro, en el viejo Hospital Español, un grupo de performers hace de las suyas. Allí se desarrolla "57 beds-the ultra wedding", una creación de la artista dinamarquesa Signa Sorensen. Durante 100 horas un grupo de personas, que vive en el edificio, desarrolla un juego inusual que sólo se descubrirá después de estar varias horas o asistir varias veces al lugar. Ya llevan aproximadamente 70 horas de juego ininterrumpido.
El espectador llega y luego de recibir algunas instrucciones ingresa al espacio en donde un hombre y una mujer -que hablan en inglés, y por momentos son malísimos- deciden sobre el destino de unos jugadores. Una diosa también habita el lugar y ella puede bendecirnos, recibir nuestras confesiones y hasta dar castigos y premios a los jugadores.
A través de una rueda de la fortuna los gamesmaster (la persona que dirige
el juego) asignarán identidad a los que están en competición: un doctor, un ángel, una princesa, por ejemplo. Ellos desarrollarán una rutina y así obtendrán un puntaje. Al cabo de las 100 horas, un perdedor se enfrentará a un ganador. El juego no sólo está entre los participantes, también los que observamos entramos en una rutina particular: por momentos hacemos apuestas, en otras la salida de la diosa de su hábitat nos hace gritar "La diosa, la diosa" y ella nos bendice.
Los malos gamemaster reclaman a los sirvientes del lugar para que traduzcan sus órdenes y todo es inquietud. También se pueden visitar las habitaciones y allí, tal vez, nos encontremos con los sirvientes durmiendo o comiendo o bañándose. Un adolescente pregunta a este cronista: "Hace mucho que estás". "Una hora aproximadamente", es la respuesta. "¿Y vos?", va repregunta. "Es la tercera vez que vengo. Anoche estuvo mi hermana y después no podía dormir tratando de descubrir las claves."
Es que Signa Sorensen, una destacada especialista en performances-instalación, saca, en este caso, a los juegos de computadora de su ámbito tecnológico y los pone en un espacio natural, ¿escénico? Lo que sucede allí es verdaderamente interesante. Por momentos se deja de ser espectador para ser actor. O el activo jugador puede convertirse en personaje mutable. Los jóvenes, sobre todo, van una y otra vez al lugar con la intención de encontrar en esa nueva realidad que se les propone algo que los entretenga y divierta. Algo provocador conmueve al que mira y de inmediato hay que tomar postura, o se juega y esto es muy placentero o se retira del lugar. No hay opciones. Pero algo también queda en uno, cierta sensación de sentirse un "tonto" que alimenta un juego también "tonto". La sensación es de cada uno y cada uno la resuelve si quiere.
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